Paraguay/Argentina – Iesus Hominum Salvator

Emtre 1609 y 1818, en territorios de Argentina, Paraguay y Brasil, se desarrolló uno de los experimentos sociales más ambiciosos jamás emprendidos: la “civilización” de los indios guaraníes y el establecimiento de las Misiones Jesuítico Guaraníes.

Emblema de la Compañía de Jesús

Fueron 30 pueblos organizados por la Compañía de Jesús que registraron 141.182 habitantes en 1732. Todos estos pueblos contaban con escuela donde se enseñaban conocimientos elementales a la vez que prácticas profesionales. Florecieron la música, la escultura, la danza y otras artes. La valoración história de este proyecto es controvertida: unos ven los beneficios de la protección que otorgaban a los guaraníes frente a los traficantes de esclavos, la difusión de la cultura y de técnicas agrícolas avanzadas; otros, lo juzgan una aniquilación cultural de la vida tradicional guaraní y una herramienta en el sistema explotador del colonialismo.

Lo cierto es que la cultura guaraní no se extinguió ni mucho menos, ni los indios dejaron sus prácticas religiosas tradicionales, a pesar de la voluntad de los jesuitas de convertirlos. ¿Por qué? El guía de San Ignacio nos lo explicó así: llegó a haber en el pueblo 5.000 habitantes, y nunca hubo más de 2 jesuitas (podéis imaginar la proporción). Hoy sigue habiendo guaraníes que viven aislados como hace siglos, y el guaraní es idioma oficial de Paraguay, se habla tanto como el español.

En el año 1767, el rey Carlos III ordenó expulsar a los jesuitas de los territorios de España. Las misiones decayeron rápidamente bajo la mala administración de los nuevos directores seculares, y finalmente fueron abandonadas a su suerte.

Hoy, podemos apreciar los restos de algunos de estos pueblos, aunque muchos no se conservan. La provincia argentina de Misiones y el sur de Paraguay contienen las ruinas en mejor estado de conservación. Merece la pena desplazarse hasta allí para verlas e imaginar cómo sería la vida en estas misiones.

Desde Iguazú, fui a Posadas, la capital de Misiones, y a la ciudad de San Ignacio, donde está la misión más visitada: San Ignacio Miní. Fue establecida en 1610 en territorios actuales de Brasil, pero tuvo que ser reubicada 2 veces por los constantes ataques de los bandeirantes (traficantes de esclavos y oro). La visita se realiza con un guía que explica todos los detalles de la vida en la misión, lo que resulta muy interesante. La Misión se articula en torno a una plaza principal. A un lado, la iglesia, la residencia de los jesuitas, la escuela y el cementerio; al otro, las casas de los guaraníes.

Fachada de la iglesia en San Ignacio Miní

Después de visitar San Ignacio y Posadas crucé la frontera con Paraguay para llegar a Encarnación. El día siguiente, tomé un autobús que me llevó a las ruinas de Trinidad, igualmente bien preservadas.

Ruinas de Trinidad

La visita fue muy distinta a la de San Ignacio. No había visitas guidas ni tours, prácticamente estaba yo solo paseando por las ruinas, aunque siendo el mismo modelo que San Ignacio, eran innecesarias más explicaciones.

Así que estaba yo completamente solo en un lugar sin ningún ruido y me quedé leyendo un rato encima del campanario. Creí que estaba viendo visiones cuando aparecieron por la escalera un matrimonio y sus 7 hijos, todos muy pequeños, vestidos como del siglo XIX (o como especie de Amish pero más sencillo), con su cestita de mimbre y hablando un inglés americano.

Familia de Mennonites

¿Cómo habrían llegado a este lugar? Cuando ya se bajaban, el padre de familia me preguntó si hablaba inglés y empezamos a hablar. Le conté algo de historia de las reducciones y ya por fin me dijo que son de Massachusetts, forman parte de un grupo religioso que se llama Mennonites y habían venido unos meses a Paraguay como parte de un intercambio con familias paraguayas de esta iglesia. De verdad, muy surrealista encontrar esta gente allí, era como totalmente fuera de lugar.

Seguimos explorando las ruinas por separado. Me gustó conocer las Misiones. Es algo original y permite imaginar muy bien cómo sería la vida en la época, y reflexionar sobre este tipo de empresa. Visitar estas dos me pareció suficiente. Hay todo un circuito, pero tienen una disposición muy parecida y estos dos son los mejor preservados.

Lo que sí hacía era un calor endemoniado, así que para reponerme me tomé la bebida nacional de Paraguay, un buen tereré (mate servido helado):

Tereré

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