Col/Br/Per – Saltando de país en la Triple Frontera

El descenso al aeropuerto de Leticia es sobrecogedor. Vas viendo cada vez más verde, tantos árboles, tan juntos, que parece que estuvieran unos encima de otros. Luego el avión baja por debajo de todas las nubes y puedes mirar al frente sin obstáculos: cientos de kms con el mismo paisaje. ¡Impresionante! Un río marrón serpentea entre los arboles. Probablemente en toda esa zona que se ve no vive ninguna persona. O tal vez algunas comunidades indígenas de las que quedan habitan el lugar. La ciudad de Leticia sólo está comunicada con el resto del pais por avion, no hay carreteras ni trenes que circulen por esa inmensa jungla.

Tan pronto como me bajé del avión, tuve la sensación de calor y humedad típica del clima amazónico, que me acompañaría las próximas 3 semanas. Te acostumbras.

La amable señora que me acercó al centro en su Jeep

Una vez salí del aeropuerto, por no coger un taxi con “precio fijo”, comencé a caminar los 1,5 km que separan el aeropuerto del centro de la ciudad. Eso sí, con el calor, la humedad, y llevar una mochila enorme a la espalda, prometían ser duros. Cuando llevo caminando unos metros oigo: «¡Señor!, ¡Señor!» Me giro y es una señora con su hijo a bordo de un Jeep. Se ofreció para llevarme al centro, y también acercó a dos chicos peruanos que andaban en las mismas que yo, con trastos pesados, y se dirigían a la frontera con Perú.

Este tipo de escena me ha pasado mil veces. Parece que cuando viajas tienes más oportunidad de experimentar lo generosa y buena que es mucha gente, aunque muchas veces ni siquiera te entiendas en el idioma. A todos los que ayudan a los extranjeros desinteresadamente, y de motu proprio, ¡gracias! ¿hacemos lo mismo con los inmigrantes en nuestros países?

Hostel Mahatu

Una vez llegué al centro y comí algo, me puse a buscar un hostal y al final me quedé en el Hostel Mahatu. Es una casa muy chula en frente de un pequeño lago y con una zona de hamacas para el descanso. Eso sí: cuidado con los mosquitos. El dueño es un personaje de los que hay que conocer. Precio: 20,000 COP/dia. Como es un sitio que no tiene internet, pues la gente habla y se conoce; por las noches nos quedábamos tomando algo los huéspedes de la casa: un grupo de universitarios de Bogotá, dos australianos, un colombiano, un alemán y yo.

Más tarde fui a dar una vuelta por el pueblo. En un bar vi que echaban el Madrid-Barca. Me quedé a verlo con 4 locales furibundos, y, vaya, el Madrid perdió 1-2. En fin, Leticia es un pueblo pequeño y agradable. Es también una buena base para ir a hacer excursiones a la jungla. Aquí este turismo no está tan masificado como en la parte brasileña de Manaus, es más barato y generalmente lo organizan los propios indígenas (fundamental). Yo no lo hice por no demorarme tanto allí, y me arrepentí.

Los pueblos de Leticia (Colombia), Tabatinga (Brasil) y Santa Rosa (Perú) son prácticamente uno. Para pasar a Santa Rosa hay que cruzar un río pero estas barquitas lo hacen constantemente. Yo iba entre un país y otro a lo largo del día según viniera, sin llevar pasaporte ni DNI ni nada. Eso sí, al final la cartera era un lío de monedillas en pesos, soles y reales, además de US$ y EUR que llevo siempre de reserva. Como no había puestos fronterizos, si quieres, como yo, seguir viajando por Brasil, tienes que ir a la policía en horario de oficina y pedir que te sellen el pasaporte.

Este niño te lleva a Perú en un periquete

Pero si yo había venido a este lugar era más que nada para cruzar a Brasil y comenzar el viaje por el Amazonas, así que fui a Tabatinga a comprar un billete para el primer tramo en barco. Allí me informaron que el próximo barco zarparía el sábado. Y esto ya os lo cuento en el próximo post.

Colombia – Metrocable hasta la Biblioteca España

Medellín es una ciudad muy agradable, aunque sólo fuera por su excelente clima (entre 21 y 28ºC todo el año), que le ha valido el apelativo de “Ciudad de la Eterna Primavera”. Además, tiene una vida cultural vibrante y unos servicios públicos eficientes. Hasta hace poco tiempo no ha podido quitarse el estigma de haber sido el centro de los cárteles de la droga en los años 80, bajo el liderazgo de Pablo Escobar. Pero tal vez por eso, los paisas (naturales de Antioquia) se muestran ahora muy orgullosos de las mejoras que ha experimentado la ciudad y están cultivando un profundo sentido de pertenencia.

Medellín tiene varios aspectos de interés, pero tal vez le falta un monumento turístico de primer nivel (“must-see”) que por sí mismo atrajera a los turistas. Aunque ya había estado en mi viaje del año pasado, visité el primer día el Museo de Antioquia y otras esculturas del conocido escultor natural de Medellín, Fernando Botero. También ví la catedral y estuve recorriendo el frenético centro de la ciudad.

Para los siguientes días no tenía claro qué hacer, así que pregunté a varios paisas qué merecía la pena visitar en su ciudad. Entre las respuestas siempre aparecía una que me resultaba curiosa: el Metro.

Yo soy bastante aficionado al metro, no sólo porque lo utilizo a diario en Madrid desde hace más de 17 años, sino también porque cada vez que voy a una ciudad con metro viajo en él, ya conozco unos cuantos. Es algo que puedo comparar con facilidad, de ciudad a ciudad, y que dice mucho del lugar: si es viejo o nuevo, sucio o inmaculado, los carteles, los anuncios, etc. La gente que viaja en metro es variopinta y representativa de la vida de la ciudad: gente que va a trabajar, jubilados, niños que van al cole… Un lugar ideal para observar la vida cotidiana (“people watching“) y tomar el pulso a la ciudad.

Metro de Medellín

Pero el metro se suele considerar algo funcional, para moverse de un sitio a otro, por eso me extrañó que me lo recomendasen como una atracción turística en sí misma. El metro de Medellín es un metro de superficie, que transcurre rápidamente por el valle en el que se asienta la ciudad.

¿Por qué sienten los paisas este orgullo por el metro? Responden: “es rápido y eficiente”; “está limpio”; “no hay vendedores” (a diferencia de los autobuses); “ha integrado zonas de la ciudad pobres y mal comunicadas”. Todo eso es cierto, pero creo que hay una razón más que no mencionan: Bogotá no tiene uno. 🙂 Sigue leyendo

Colombia – Aterrizando en Bogotá

El 8 de enero de 2012, mientras aterrizaba en el aeropuerto de Bogotá, sentía mucha emoción y un pelín de vértigo. “Año nuevo, vida nueva”. Durante el año 2012 había cambiado la oficina y mi vida en Madrid por esta otra vida nómada, la del viajero, y tenía previsto recorrer el mundo en solitario durante un año. Sigue leyendo