Brasil – Surcando el Amazonas (1)

Navegar en uno de los lentos barcos que surcan el Amazonas es una experiencia inolvidable. No prentenden ser barcos turísticos, ni bonitos, son el transporte corriente, de personas y mercancías, en una región donde no hay carreteras ni trenes. Cada pasajero debe llevar su propia hamaca, junto con dos trozos de cuerda para colgarla del techo.

Yo cogí estos tres barcos:
– Tabatinga – Manaus 3,5 dias 170 R$
– Manaus – Santarem 1,5 días 100 R$
– Santarem – Belém 2 días 120 R$
En dirección opuesta (upstream), tardan casi un 50% más y son algo más caros.

La tripulación carga mercancía

Sin duda el primero fue el más divertido, en parte por la novedad y en parte porque fue original, así que me centraré en ese. Como os iba contando, fui a comprar el billete el día anterior, con mi hamaca al hombro para coger un buen sitio. En el barco estaban cargando mercancías, había desde comida hasta motos y coches. También estábamos allí los primeros pasajeros colocando nuestras hamacas. Tras atar la hamaca al techo, regresé a Leticia.

El día siguiente volví al barco con el billete y os aseguro que el aspecto de la cubierta había cambiado por completo. No sólo estaban llenos los puestos de hamacas, sino también el pasillo y el piso inferior (por donde se carga la mercancía), donde hay un ruido infernal porque también da a las máquinas. Si vais en uno de estos barcos, evitad a toda costa el piso que está más abajo. En total, así a ojo, creo que podría haber al menos 400 personas en el barco.

Aspecto de la cubierta una vez colocadas las hamacas

Bailoteo de los haitianos por la noche en el bar

Otra sorpresa del viaje (para mí y para los brasileños) es que la mayoría del pasaje, como un 70-80%, no eran gente local, sino haitianos. Los locales me corroboraron que esto no es lo habitual, que normalmente el pasaje es casi 100% local (y en mis dos siguientes viajes fue asi). Pero, al parecer, tras el terremoto de Haití, el gobierno brasileño ha acogido a muchos como refugiados, y se ha montado una ruta migratoria a través de Panamá y Perú, cruzan a Brasil por la Triple Frontera y continúan hacia el interior en este barco. Así que mis temores de ser el único que no hablara portugués en el barco no tenían motivo: el francés resultó mucho más útil.

Yo con mi hamaquita y mi Lonely Planet

Yo estaba en el piso de en medio, más o menos en la mitad. Para dormir estaba bien porque no era sitio de paso, pero llegar hasta la hamaca era casi misión imposible, entre tantas otras hamacas, gente durmiendo y los equipajes tirados en el suelo, había que hacer mucho contorsionismo. Mis vecinos… no surprise, haitianos.

Jonathan mirando por la borda

En estos barcos, como duran varios días y la gente está muy aburrida (creo que yo era uno de los únicos que tenía un libro), hay mucha oportunidad de conocer a otros pasajeros. Nada más llegar a mi hamaca conocí a Javier, un colombiano de Bogotá que lleva años en Brasil, y a su hijo Jonathan. Jonathan me dijo que no hablaba bien español, pero en seguida me dí cuenta de que su español era casi perfecto. Así que hicimos algún intercambio de idiomas, él me enseña unas palabras de portugués y yo (ya que domina el español) le enseño los números en inglés. Su padre, Javier, tiene una profesión curiosa. Se dedica a hacer globos con formas de animales para los niños, y los vende a sus padres por 1 real los domingos en el parque, o en fiestas infantiles. No perdió ocasión de ofrecer globos a las familias que iban en el barco, y alguna lo compró. Si curiosa es su profesión, lo es también su afición: ligar por internet con mujeres sudamericanas, y según él, algunas veces le ha dado buen resultado. En su libreta apunta páginas de contactos de distintos países, y a mí me pidió que le tradujera al francés para saber cuál se utiliza en Haití. La respuesta que obtuvimos (facebook), no convenció a Javier. 🙂

Con estos y otros entretenimientos se hicieron más amenas las 6 horas de retraso en zarpar, hasta que por fin quitaron las amarras y zarpó el barco. En ese momento, un grupo de haitianos comenzaron a cantar al unísono una canción, que me explicaron es la que cantan en las despedidas. A continuación, el himno nacional de Haití. Luego ya el canto se difuminó entre el jaleo habitual y la canción omnipresente de Michel Teló “ai si eu te pego”.

Paisaje desde el barco

El resto de la tarde/noche: ver unos paisajes muy chulos y un precioso atardecer, practicar con Jonathan mis primeras frases de portuñol, escuchar historias tristes del terremoto. Yo pensaba que no iba a poder dormir en esa hamaca y en ese estado de hacinamiento, pero la verdad es que caí rendido, con todo el agotamiento físico y emocional de un día tan intenso.

Alguna anécdota del segundo y tercer día os cuento en el siguiente post.

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